Celulitis y flacidez no son lo mismo: guía para no confundirlas

En la conversación corriente, celulitis y flacidez funcionan casi como sinónimos. Se usan para describir lo mismo: una zona del cuerpo que no se ve lisa. Pero son dos problemas con anatomías distintas, causas distintas y abordajes distintos, y confundirlos es la razón por la que tanta gente paga tratamientos que no estaban indicados para lo que tenía.

Dos problemas que se parecen en la superficie

La celulitis —su nombre técnico es paniculopatía edemato-fibroesclerótica, que explica bastante mejor lo que ocurre— es un fenómeno estructural del tejido subcutáneo. En la piel femenina, los tabiques de tejido conectivo que separan los lóbulos de grasa se orientan de forma perpendicular a la superficie. Cuando esos lóbulos aumentan de volumen o los tabiques se fibrosan y acortan, la grasa protruye hacia arriba entre tabiques que tiran hacia abajo. El resultado es el relieve en hoyuelos, visible aunque la piel esté tensa.

La flacidez es otra cosa: una pérdida de la capacidad de retracción del tejido. La dermis tiene menos colágeno, la elastina está degradada, la piel se estira y no vuelve. Lo que se ve es una superficie laxa, con pliegues que se desplazan al mover la zona, a menudo con un aspecto más fino y menos denso al tacto.

La prueba práctica más sencilla es observar en reposo y en tensión. La celulitis mantiene su relieve con el músculo contraído e incluso se marca más al pinzar la piel. La flacidez, en cambio, se atenúa notablemente al tensar la zona o al contraer el músculo subyacente. Y hay una tercera posibilidad, la más común después de los cuarenta: las dos cosas a la vez, en proporciones que hay que estimar caso por caso.

Por qué importa distinguirlas

Porque los tratamientos que funcionan para una son mediocres para la otra. Las técnicas que buscan movilizar líquido, mejorar la microcirculación y ablandar tabiques fibrosados tienen sentido en la celulitis y poco efecto sobre la laxitud dérmica. Las técnicas que estimulan la síntesis de colágeno en dermis mejoran la firmeza y apenas modifican un relieve causado por tabiques fibrosos.

De ahí los resultados decepcionantes que tanta gente describe. Una persona con celulitis fibrosa marcada a la que se trata la laxitud notará la piel algo más firme y seguirá viendo los hoyuelos. Otra con flacidez posterior a una pérdida de peso a la que se le vende un protocolo de drenaje y masaje mecánico notará las piernas más ligeras y seguirá teniendo la piel holgada. Ninguna de las dos recibió un mal tratamiento; recibieron el tratamiento del problema de la otra.

Cuando el componente dominante es la laxitud, la radiofrecuencia corporal encaja bien, porque trabaja exactamente donde está el déficit: calienta la dermis de forma controlada, contrae las fibras existentes y pone a los fibroblastos a producir colágeno nuevo. Cuando el componente dominante es el relieve fibroso, lo razonable es otro abordaje, o una combinación donde cada técnica tenga un porqué explicado.

Los grados y lo que cada uno admite

La celulitis se clasifica habitualmente en cuatro grados. En grado cero no hay relieve visible ni en reposo ni al pinzar. En grado uno aparece solo al pinzar o al contraer. En grado dos es visible en reposo de pie. En grado tres hay relieve en reposo acompañado de nódulos palpables y zonas claramente fibrosas.

Los grados uno y dos admiten mejoras razonables con tratamiento conservador y cambios en el estilo de vida. El grado tres responde peor y requiere expectativas mucho más contenidas: se puede mejorar el aspecto, difícilmente devolverlo a una superficie lisa. Un centro que promete eliminar una celulitis grado tres en diez sesiones está diciendo algo que no puede cumplir.

Con la flacidez pasa algo parecido. Laxitud leve y moderada tienen buen margen; exceso real de piel, el que se puede recoger con la mano y se plisa sobre sí mismo, no se corrige con estímulo. Ahí la respuesta honesta es quirúrgica o es asumir una mejora parcial de la calidad del tejido.

El sustrato común

Hay, con todo, un terreno compartido donde las medidas útiles coinciden. La masa muscular actúa como soporte en ambos casos y rellena el espacio bajo la piel, lo que mejora el aspecto por razones puramente geométricas. El entrenamiento de fuerza es, en términos de resultado visible por euro invertido, difícil de superar.

La estabilidad de peso evita el ciclo de distensión y retracción que daña las fibras elásticas. La proteína suficiente aporta material para la síntesis de colágeno; la vitamina C es cofactor obligatorio en ese proceso. La hidratación influye en las propiedades mecánicas del tejido. El tabaco degrada colágeno de forma directa y documentada. Y el sedentarismo prolongado empeora el componente circulatorio de la celulitis.

Ninguna de estas medidas resuelve nada por sí sola, y conviene decirlo para no caer en el discurso contrario, el de que todo se arregla con hábitos. Pero definen el punto de partida sobre el que cualquier técnica tendrá que operar, y por tanto el techo de lo que esa técnica puede alcanzar. Antes de elegir herramienta, merece la pena saber qué se tiene y qué se puede esperar. Es menos emocionante que un antes y un después, y bastante más útil.