El aviador que protagonizó El Principito


El aviador que protagonizó El Principito

diciembre 14, 2012 / por / 1 Comentario

“No creo haber sentido otra cosa que un formidable crujido que sacudió nuestro mundo sobre sus bases”, explicaría años más tarde. Era la noche del 30 al 31 de diciembre de 1935 e intentaba conseguir una nueva marca para la ruta París – Saigón cuando la travesía a bordo de su avión Caudron C-630 se complicó. A “doscientos setenta kilómetros por hora”, un aterrizaje precipitado le llevó al mismo Sahara, en la zona Libia del desierto, poco antes de alcanzar El Cairo. Pasaron cuatro días hasta que unos beduinos le encontraron, junto a su compañero: ambos ganaron la batalla a la incertidumbre y deshidratación del desierto. Esta aventura quedaría reflejada en uno de sus relatos posteriores (Tierra de hombres) y latente en su obra más famosa convertida en mito infantil para adultos, El Principito.

Un aviador perdido en el desierto

Estoy hablando, como saben, del francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), apenas conocido por su producción literaria y no mucho más reputado por su profesión como aviador, una pasión que le llevó a cometer atropellos y accidentes como el descrito. Recibió el bautismo del aire a la pronta edad de 12 años y a pesar de suspender, años después, el examen de ingreso en la Escuela Naval e inscribirse como oyente en la Escuela de Bellas Artes, no desistió de su deseo de pilotar. Aprendería finalmente el oficio en 1920 cuando ingresa en el ejército francés y es destinado a un regimiento de Aviación en Estrasburgo. Esta predilección por el aire hizo que críticos y colegas literarios identificaran su escritura como un “segundo oficio” en el cual vertía todas sus experiencias.  No cabe duda; sus obras fueron un reflejo constante de sus hábitos, de sus prácticas al mando de los aviones y sus viajes, hasta el punto de que el autor de El Principito afirmase modestamente: “Para mí, volar o escribir son una misma cosa. Lo importante es actuar y establecer en uno mismo el punto de referencia”. Pues insisto, el paralelismo es innegable y merece nuestro tiempo redescubrir a este olvidado escritor en su texto más célebre.

El narrador y segundo protagonista de El Principito, que bien podría ser la voz cuerda e incoherente de nosotros mismos, relata al comienzo del segundo capítulo: “Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente, hasta que tuve una avería en el desierto del Sahara”. Esta avería devolverá al personaje –aviador, sin duda- a sus recuerdos de infancia, a confrontar, como el mismo Saint-Exupéry, con la sencillez de los argumentos de un niño: el pequeño Principito que se encuentra de visita por el planeta Tierra. Confiesa este narrador dedicarse al oficio de la aviación tras una frustrada carrera como pintor de boas abiertas y cerradas, cuyos dibujos (así como demás ilustraciones) quedan reflejados en el libro por obra del propio autor. Nos dice, con sorna, el narrador: “Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía (…) Es cierto que la geografía me sirvió de mucho. Al primer golpe de vista estaba en condiciones de distinguir China de Arizona. Es muy útil si uno llega a extraviarse durante la noche”.

Saint-Exupéry comenzará a frecuentar ambientes literarios en 1926, año en que escribe la novela breve, La evasión de Jacques Bernis (aunque el texto completo se pierde, un extracto fue publicado en la revista Le Naviere d’ Argent) y es contratado por la Compañía Aérea Francesa como piloto interino. Tres años más tarde, ya piloto profesional ocupando el cargo de director de la sociedad franco-argentina Aeropostal-Argentina, se publica su primera novela Correo del Sur, donde relata su vivencias en la base aérea de Cabo Juby (Sahara español, por entonces, protectorado de España), su amor por la profesión y la lealtad de sus compañeros. No tuvo buena acogida, pero comenzaría a dejar clara su influencia y “gusto por el desierto”. En 1931, casado con la escritora salvadoreña Consuelo Carrillo, es aclamado por parte de la crítica y recibe el Premio Fémina por la novela Vuelo Nocturno. Pese al reconocimiento de este relato de ficción escrito durante su trabajo en Buenos Aires, las preocupaciones existenciales del aviador no se harían esperar.

Será considerado un humanista con un señalado amor por la naturaleza, hijo de una familia de bien –su padre era vizconde- que recibió desde la escuela una educación católica. Pronto, en su juventud, abandonaría su fe aunque seguirá fingiendo en la constante correspondencia que mantuvo a lo largo de toda su vida con su madre, por la que sentía un profundo cariño. “Estoy muy bien. Comulgué el domingo”, le escribe. Sin embargo, la moral cristiana de un Dios liberador de los pecados de los hombres no encaja en su visión de responsabilidad y acción personal: “Cada uno de nosotros carga con los pecados de todos los hombres”, declara trasladando al hombre la función de salvador de ellos mismos. Saint-Exupéry insiste en sus obras en una continua preocupación por el ser humano, por sus contradicciones y sus anhelos. En El Principito, será el narrador quien, como un reflejo de nuestra personalidad, nos censure (“Los niños deben ser muy indulgentes con las personas grandes”) y cuestione nuestros convencionalismos. Repaso, aquí, el pasaje descrito en el cuento sobre el astrónomo turco que, aun habiendo descubierto un nuevo asteroide, fue rechazado en el Congreso Internacional de Astronomía por su indumentaria: “Felizmente para la reputación del asteroide B 612, un dictador turco obligó a su pueblo, bajo pena de muerte, a vestirse a la europea. El astrónomo repitió su demostración en 1920, con un traje muy elegante. Y esta vez todo el mundo compartió su opinión”.

Tiempos difíciles para un humanista

En Guatemala, pocos después del famoso accidente en el desierto del Sahara en 1935, recibe un nuevo golpe intentado conseguir otra marca, esta vez entre Nueva York y la isla Tierra de Fuego (compartida por Argentina y Chile). Su recuperación la pasa en Nueva York, donde además reúne todas sus experiencias en el libro Tierra de hombres (1939), recibiendo el aplauso del público estadounidense.

Pronto estalla la Segunda Guerra Mundial; su débil salud física, resultado de las lesiones sufridas en los accidentes, lo mantuvo en un principio al margen del conflicto. Pero él, que consideraba necesaria su participación -“¿Qué soy si no participo? Para ser necesito participar”, explicó-, se mostró insistente hasta que fue llamado como piloto. Un año más tarde, en 1940, será retirado de la escena bélica, no sin antes formar parte de arriesgadas misiones que quedarían recogidas en Piloto de guerra, donde dejaría constancia de la superioridad militar alemana y la pronta derrota a la que Francia se acercaba, persistiendo en una lucha de valores diferente a la que se vivía en la contienda: “Sentimos el calor de nuestros lazos, y por eso ya somos vencedores”. Vuelve a Francia pero con el gobierno de Vichy a las puertas, regresa a Estados Unidos. Allí sería recibido con los bazos abiertos y comenzaría a escribir su famosa parábola para mayores de edad, publicada en 1943.

El Principito comienza con una dedicatoria de su autor “a una persona grande”, que “vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo.” Le estaba dedicando su libro más célebre a su amigo Leon Werth, uno de esos rehenes protagonistas de su publicación Carta a un rehén y que “representaban a los cuarenta millones de franceses bajo la bota nazi”. No obstante y a pesar de gozar de una buena reputación en Norteamérica, sus detractores le recriminaban su falta de activismo político; fue criticado duramente por no apoyar explícitamente a De Gaulle, por no mostrar una posición clara -el narrador de El Principito reconoce: “No me gusta mucho adoptar tono de moralista”- y por no dar soluciones prácticas a los conflictos sociales que sí criticaba. En una carta escrita a André Bretón se defiende: “Quiero considerar a André Bretón como una manifestación de la vida, pero no como un papa. Usted está, como todos, sujeto a error. Como todos, ignora muchas cosas. Es usted un poeta, pero no un sociólogo. A cada momento habla de obreros, pero no sabe usted nada de ellos. Yo he vivido ocho años de mi vida, día y noche, con obreros. He compartido su mesa durante años, como en Juby, donde permanecí dos años, único piloto entre los mecánicos. Sé muy bien de lo que hablo si hablo de obreros y si los amo. Pero usted no ha conocido como obreros más que los mozos del café de la Plaza Pigalle”.

La guerra, junto con la falta de apoyos y su imposibilidad de formar parte de la misma, fue mermando una personalidad ya abocada al pesimismo y a la búsqueda incesante de la verdadera naturaleza del ser humano. Una concepción del hombre no tan idealista como necesaria –y hasta lógica- en una época convulsa.

La esperanza puesta en un niño

Se dice que estuvo marcado por el existencialismo palpable en otros autores de su época. El Principito pudo encarnar para él no solo la personalidad redentora del hombre, sino también la esperanza de toda una civilización, viendo lo absurdo de nosotros mismos a través de los ojos de un niño.

El protagonista de esta parábola, el joven príncipe, asume la disciplina como necesaria para mantener en orden su lugar en el mundo, el que ama y el que, en este caso, le cobija: su pequeño planeta sobre el cual tiene una responsabilidad. “Es cuestión de disciplina. Cuando uno termina de arreglarse por la mañana, debe hacer cuidadosamente la limpieza del planeta”, confiesa a su nuevo amigo aviador. Tras recibir su primer golpe amoroso –el desdén de una presumida rosa que poco se deja querer- viaja por otros planetas en un ejercicio maduro de buscar respuestas a su inexperiencia. Pero allá donde va, solo encuentra hombres solitarios y deshechos: el rey, para el cual el resto de hombres son súbditos (a pesar de ser la única persona en su planeta); el vanidoso, para el que el resto son solo admiradores; el borracho, que encarna la falta de voluntad del hombre pues simplemente bebe para olvidar que tiene “vergüenza de beber”; el hombre de negocios, demasiado ocupado en contar unas estrellas que cree poseer ya que es el primero en descubrir la posibilidad de controlar un bien común; el farolero, único por el que siente verdadero aprecio “porque se ocupa de una cosa ajena a sí mismo” (Saint-Exupéry sentía un serio respecto por el trabajo que dignificara a los hombres). Y por último, el geógrafo, ávido de exploradores provistos de los descubrimientos necesarios para escribir sus libros.

El séptimo planeta que visita es la Tierra: en concreto, va a parar al desierto del Sahara, donde posteriormente se reunirá con el aviador y narrador de esta historia. Antes de aquello, se encuentra con una sibilina serpiente que le deja marchar no sin antes recordarle que a quien toca, lo devuelve a “la tierra de donde salió”, misma serpiente que finalmente lo devolverá a su estrella en una muerte dulce a petición propia. También le visitó un zorro, alegoría de la amistad, revelando algo fundamental en el carácter de Saint-Exupéry: “crear lazos” que aporten un sentido a la vinculación entre hombres, unos lazos que en lugar de hacerlos dependientes, los haría libres. Atendiendo a la figura del animal, en el libro estos lazos se crean cuando el zorro pide al Principito que le domestique: “Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo”, -quienes disfruten de la compañía de un animal domesticado entenderán mejor estas palabras-. Y añade el zorro: “Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!” Si quieres un amigo, ¡crea lazos!, puede ser lo que nos quiera decir.

Para el piloto francés las costumbres son necesarias; hacen que el ser humano se sienta involucrado en un conjunto mayor que él mismo y convierten a los días en especiales. Lo explica, de nuevo, en la voz amigable del animal: “Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca (…) Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto: ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón…Los ritos son necesarios”.

Pese a volcarse en su “segundo oficio”, Saint-Exupéry no se resiste a su verdadera vocación e insiste en formar parte del acontecimiento que mantiene asolado al mundo, como si, al igual que el farolero, formar parte de una cosa ajena a él se ajustase mejor a su existencia. Por aquel entonces escribiría: “Me siento triste por mi generación (…). Todo lirismo parece ridículo y el hombre se niega a que despierte en él cualquier clase de vida espiritual (…). Odio mi época con todas mis fuerzas”. Mueve todos los hilos para reunirse en Argel con su antiguo grupo hasta que es traído de nuevo a tierra firme; el mando americano le retira la licencia por su elevada edad y lo destina a la reserva. No desistirá y en 1944 obtiene otro permiso para participar en nuevas misiones. De la última, no volvería.

Dejó un manuscrito y anotaciones que dieron paso a un novela póstuma e inacaba, Ciudadela. Pero sin duda, pasaría a la historia por su relato de un niño que nos cuestionó desde su mundo impoluto y libre. En el desierto, Principito y aviador recuerdan el secreto del zorro: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Saint-Exupéry parece dejar una moraleja, no aporta ninguna respuesta pero nos pone en la diana de las estupideces dichas en nombre de la seriedad. Y lo explica a través de un Principito, que “nunca renunció a una pregunta, una vez que la hubo formulado”.

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